Josephine Butler, la esposa de un clérigo destacado, se encontró haciendo campaña por los derechos de las mujeres acusadas (a menudo injustamente) de ser «damas de la noche», a quienes la sociedad consideraba las «menos deseables». Impulsada por su profunda fe en Dios, luchó durante años contra las leyes británicas de la década de 1860 sobre enfermedades contagiosas, que sometían a las mujeres a exámenes «médicos» invasivos y crueles.
Cuando la hija de Royston, Hannah, sufrió un derrame cerebral que le produjo un coma, él y su familia acudieron a Dios en oración con persistencia. Durante los meses de espera, se aferraron unos a otros… y a Dios. La fe de la familia se reavivó, por lo que Royston reflexionó: «Nunca hemos sentido a Dios tan cerca». En la terrible experiencia, recibieron «una renovación de la fe para persistir en la oración», como «la viuda de Lucas 18».
Hace unos años, después de intercambiar palabras acaloradas, Carolyn y yo resolvimos nuestro conflicto con compasión y amor la una por la otra. Confesé mi error, y ella oró por mí, aludiendo a Ezequiel 36:26: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne». Sentí que Dios estaba realizando una especie de cirugía cardíaca espiritual en mí, quitando mis temores y amargura al rodearme de su amor.
El amado pastor Andrew Murray (1828-1917) compartió cómo, en su nativa Sudáfrica, varias enfermedades afectaban los naranjos. Para el ojo inexperto, todo podía parecer normal, pero un arborista especializado podía detectar la alteración que anunciaba la muerte lenta de la planta. La única manera de salvar el árbol era remover el tronco y las ramas de la raíz e injertarlos en uno nuevo. Así, el árbol podía crecer bien y producir fruto.
Julie y su marido sintieron tristeza y remordimiento cuando se enteraron de que su hija había robado en varias tiendas. Pero con la ayuda de Dios, la perdonaron y la ayudaron a reparar el daño y a recibir terapia. Algunos meses después de la revelación, cuando su hija hizo un comentario fuera de lugar acerca de que ya no podían confiar en ella, Julie se preguntó: ¿Qué querrá decir? No pensó inmediatamente en la ofensa de su hija porque Dios le había quitado el escozor de la mente. Le había pedido a Dios que la ayudara a perdonar.
Brock y Dennis eran amigos de la infancia, pero cuando crecieron, Brock mostró poco interés en la fe de Dennis en Jesús. Dennis amaba a su amigo y oraba por él porque sabía que iba en un camino descendente de oscuridad y depresión. Al orar, adaptó las palabras del profeta Ezequiel: «Por favor, Dios, quita de Brock un corazón de piedra y dale uno de carne» (ver Ezequiel 11:19). Anhelaba que su amigo anduviera en el camino de Dios.
Cuando al teólogo Todd Billings le diagnosticaron un cáncer incurable, describió su mortalidad inminente como luces en habitaciones distantes que titilaban o se apagaban. «Como padre de niños de uno y tres años, tendía a pensar en las siguientes décadas como una extensión amplia, suponiendo que vería a Neti y Nathaniel crecer y madurar […]. Pero al recibir el diagnóstico […], se está produciendo una reducción».
Jeremías escribe: «Sé un poco sobre el temor a morir. Hace siete años […], me sentí descompuesto, mareado, lleno de miedo cuando me dijeron que tenía un cáncer incurable». Pero aprendió a manejar su temor al descansar en la presencia de Dios, y pasar del temor a la muerte al temor reverente a Él. Para Jeremías, esto significa estar maravillado ante el Hacedor del universo quien «destruirá a la muerte» (Isaías 25:8), y al mismo tiempo, entender en lo profundo de su interior que Él lo conoce y lo ama.
En 1939, ante el reciente comienzo de la guerra para Gran Bretaña, en su discurso de Navidad transmitido por radio, el rey Jorge vi procuró alentar a los ciudadanos del Reino Unido y la Comunidad Británica de Naciones a confiar en Dios. Citó un poema que le encantaba a su madre: «Sal a la oscuridad y pon tu mano en la mano de Dios. / Eso te será mejor que la luz y más seguro que un camino conocido» (trad. lit.). El rey no sabía qué traería el nuevo año, pero confiaba en que Dios los guiaría y sostendría en los días difíciles que se avecinaban.
Mientras estaba sentada junto a la cama de mi amiga Margaret en el hospital, observé el trajín de los otros pacientes, del personal médico y de las visitas. Una joven que estaba sentada cerca, junto a su madre enferma, le preguntó a Margaret: «¿Quiénes son todas estas personas que te visitan todo el tiempo?». Ella respondió: «¡Son miembros de la familia de mi iglesia!». La joven remarcó que nunca había visto algo así; que sentía que tantas visitas eran «expresiones tangibles de amor». Margaret respondió sonriendo: «¡Todo se reduce a nuestro amor a Dios a través de su Hijo Jesucristo!».